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miércoles, 23 de julio de 2008

Willian Kushner: Orgullo y verguenza

Quien no sienta estima hacia las consignas que incorpora el presidente Morales en su discurso, simplemente, no es socialista. Pero quien no sienta repudio por las maneras en las que dirige su gobierno, aún peor, no es demócrata. La incursión en la escena gubernativa e internacional de un presidente de ascendencia indígena y humilde en un país que no ha sabido vencer la desigualdad y la pobreza no deja a ningún analista sin opinión.
El derecho a ser elegido, visto esta vez de manera tan evidente, dejaría sorprendidos a los liberales quienes se encargaron de defender esta idea, y que fuera incorporada, con aspiraciones prácticas, como un principio democrático de igualdad. Pero si hoy supieran que el resto de los principios que defendían están siendo dañados sistemáticamente, lo más probable es que se asustarían. Escandalizarían, por ejemplo, las consideraciones de superioridad intrínseca en las que se funda el indigenismo totalitario, la voluntad de imposición y no de acuerdo, la redistribución de los derechos de propiedad como juego de suma cero y también el riesgo de no perfeccionar las reglas de juego y que sean aceptables por todos.
Para ser elegidas las personas —en un régimen democrático liberal— requerirán recursos políticos y económicos, organizarse, poder hacer oír su voz y que ésta se constituya en un incentivo de competencia entre sus pares. Así evitar que los gobernantes se duerman y obligarles a remontar su legitimidad, ya no de origen, sino de resultados. Y, si cabe, echarlos a través del voto si no se ven aquellos esperados.
Es cierto que existe la percepción —y la realidad— de que los gobernantes se duermen, favorecen sólo a unos y a falta de ideas y programa recurren a la retórica. Pero guste o no ésa es la razón misma de promover lo individual y lo privado; para generar esos recursos de interés y voz, que no se pierdan en el ensordecedor e hipnótico asistencialismo populista que atrae al poder de la mano del despilfarro.
Si los estímulos —no privilegios— políticos y económicos a lo individual están cada vez mejor distribuidos, contribuyen a que opere esa competencia y que ésta se traduzca en políticas; no dependientes de un gobierno sino de la dinámica representativa. De alguna forma, la izquierda democrática está para distribuir esos estímulos, si se quiere, más igualitariamente. Pero si a título de izquierda se anulan los estímulos comprando y cooptando el poder, tenemos un gobierno legitimado pero poco democrático, tan malo como uno que reparte privilegios entre amigos, como los gobiernos militares y las coaliciones anti-ingobernabilidad pasados.
Adam Przeworski plantea que la izquierda democrática acepta las restricciones económicas dado que respeta las restricciones políticas en el régimen normativo liberal. Así tenemos que todos los partidos democráticos (izquierda o derecha) llegan al poder para gestionarlo —en mayor o menor medida— con el mercado o con lo social, pero sobre un abanico de políticas públicas y sin que para nada rayen al arbitrio las reglas de juego y oportunidad.
La elección de Morales es motivo de orgullo para la democracia. La vergüenza da al ver cómo ese orgullo se convierte en un defecto de vanidad y se crea tener la razón equivalente a los votos obtenidos o por ascendencia.
*William Kushneres especialista en Opinión Pública. La Razón incorpora a partir de hoy a William Kushner como columnista quincenal.Le damos la bienvenida.

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