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jueves, 25 de septiembre de 2008

EL COMERCIO DEL PERU: LA CRISIS EN BOLIVIA

Por Alejandro Deustua. Internacionalista
Pocas veces en la historia latinoamericana ha acontecido que un gobernante que logra el respaldo de 64% de la población persista en la confrontación con sus ciudadanos, en la destrucción de su estado y en la imposición de un orden interno que demuele deliberadamente el Estado de derecho, la cohesión nacional y que genera inestabilidad regional con el peculiar aval de no pocos vecinos.
Es que a falta de opción armada, ese gobierno autoritario se ha empeñado en desarrollar, mediante la arbitraria imposición normativa, una anacrónica revolución que, para serlo, reclama como enemigos a los que procuraron, con exceso, la reforma liberal.
Estos, a su vez, entendiendo que esa revolución no encuentra amparo legítimo en la fuerza militar, han decido confrontarla agudizando la fragmentación del Estado de derecho. El espiral de ingobernabilidad consecuente tiene al país al borde del abismo desde hace tres años sin que se haya precipitado en él, probablemente, porque las redes de protección externa son hoy más vigorosas de lo que parecen.
Sin embargo, los gobiernos sudamericanos siguen prestando apoyo al gobierno del señor Morales antes de exigirle el abandono de la confrontación, prevenir posibles desbordes hacia países vecinos (una de cuyas manifestaciones ya es evidente en Puno) y garantías contra la proyección regional del conflicto que encuentra en potencias hostiles sudamericanas (Venezuela) y extrarregionales (Irán) grandes interesados.
De esta manera, el líder que logra convocar el apoyo de miles de ciudadanos excluidos, cuya emergencia es producto de la reforma económica y democrática de hace un cuarto de siglo, no solo los conduce hacia un destino de violencia y postración sino que pretende similar autodestrucción para el resto de los latinoamericanos.
Si ese liderazgo basado solo en la experiencia sindical y cocalera del señor Morales explica su peculiar forma de gobierno (confrontar, ganar apoyo, dialogar después, volver a confrontar y así sucesivamente), la más compleja explotación del sentimiento de excepcionalidad boliviano sugiere una urdimbre mayor.

En efecto, este mesías que emparenta el indigenismo con las formas dictatoriales de Bolívar, olvidando su fundamento republicano, ha pasado de manipular la condición mediterránea de su estado a traficar con su potencial energético, para luego identificar a su país con la hoja de coca, presentarse como campeón de lo vernacular y lo ambiental y reclamar, de paso, su reiterada filiación castrista.
Envuelto en esta marketera maraña mitológica, el señor Morales ha desembarcado a Bolivia de las posibilidades de corregir racionalmente los excesos reformistas de la década pasada. Y con ese sustento ha definido a su país como punta de lanza sudamericana del totalitarismo caribeño, del islamismo radical iraní y del núcleo de países antioccidentales. Como consecuencia, su virulencia antiestadounidense es solo una expresión de su vocación antihemisférica y antiglobal.
En medio de la agudización de la crisis boliviana ciertamente no es obligación de los países latinoamericanos proteger al gobierno del señor Morales sino procurar el cambio sustantivo de su conducta. El deber regional consiste en promover en Bolivia un gobierno democrático que genere gobernabilidad incluyente, cohesión interna, estabilidad jurídica y la cancelación de la hostilidad en su comportamiento internacional.
http://www.elcomercio.com.pe/edicionimpresa/Html/2008-09-16/la-crisis-bolivia.html

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